UNO, DOS, TRES



UNO
Él se sentó a esperar bajo la sombra de un árbol lleno de flores de color lila. Pasó un señor rico y le preguntó: ¿Joven, qué hace usted aquí, sentado bajo ese árbol, en lugar de trabajar y ganar dinero?  Y el joven le contestó: Espero.

Pasó una mujer hermosa y le preguntó: ¿Qué hace usted, sentado bajo ese árbol, en lugar de intentar conquistarme? Y el hombre le contestó: Espero.

Pasó un chico y le preguntó: ¿Señor, qué hace usted aquí, sentado bajo este árbol, en lugar de jugar?  Y el hombre le contestó: Espero.

Pasó la madre y le preguntó: ¿Hijo mío, qué haces aquí, sentado bajo este árbol, en lugar de tratar de ser feliz? Y el hombre le contestó: Espero.

DOS
Ella salió de su casa dispuesta a buscar. Cruzó la calle, atravesó la plaza y pasó junto al árbol florecido. Miró rápidamente al hombre. . . al árbol. . . pero no se detuvo. Había salido a buscar. Y tenía prisa.

El, la vio pasar y le sonrió. La vio alejarse hasta hacerse un punto pequeño y desaparecer. Y se quedó mirando el suelo nevado de lilas. Ella fue por el mundo a buscar. Por el mundo entero.

En el norte había un hombre con los ojos de agua. Ella preguntó: ¿Eres quien busco? No lo creo. Me voy, dijo el hombre con los ojos de agua. Y se marchó.

En el este había un hombre con las manos de seda. ¿Eres quien busco? Lo siento, pero no, dijo el hombre con las manos de seda. Y se marchó.

En el oeste había un hombre con los pies de alas. Ella preguntó: ¿Eres quien busco? Te esperaba hace tiempo. Ahora no, dijo el hombre con los pies de alas y se marchó.

En el sur había un hombre con la voz quebrada. Ella preguntó: ¿Eres quien busco? No. No soy yo, dijo el hombre con la voz quebrada. Y se marchó...

TRES
Ella siguió por el mundo buscando. Por el mundo entero. Una tarde, subiendo una cuesta, encontró a una gitana. La gitana la miró y le dijo: El que buscas te espera en el banco de una plaza.

Ella recordó al hombre con los ojos de agua. Al hombre que tenía las manos de seda. Al de los pies de alas. Y al que tenía la voz quebrada. Y después se acordó de una plaza. Y de un árbol con las flores lilas. Y de aquel hombre que, sentado a su sombra, le había  sonreído al pasar. Dio media vuelta y empezó a caminar sobre sus pasos. Bajó la cuesta. Y atravesó el mundo. El mundo entero. Llegó a su pueblo. Cruzó la plaza. Caminó hasta el árbol florecido de lilas. Y le preguntó al hombre que estaba sentado a su sombra:

¿Que haces aquí sentado bajo este árbol? El hombre que estaba sentado en el banco de la plaza le dijo, con la voz quebrada: Te espero.

Después levantó la cabeza, y vio que tenía los ojos de agua, le acarició la cara y se dio cuenta de que tenía las manos de seda. La invitó a volar con él y ella supo que tenía también los pies de alas.

“Cuantas veces recorremos el mundo buscando lo que necesitamos, a veces, la distancia parece nuestro mejor aliado para la solución de nuestros problemas. Como en el cuento salimos de nuestras casas tan ciegos, que pasamos por encima de la felicidad que estamos buscando, sin darnos cuenta”


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MANOS QUE ORAN- BELLA HISTORIA REAL, NO DEJES DE LEERLA


 
Durante el siglo XV, en una pequeña aldea cercana a  Nüremberg, vivía una familia con 18 niños. Para poder poner pan en la mesa para todos, el padre y jefe de la familia trabajaba casi 16 horas diarias en las minas de oro y en cualquier otra cosa que se le presentara.

A pesar de las condiciones de pobreza en las que vivían, dos de los hijos de Albrecht Durer tenían un sueño. Ambos querían desarrollar su talento para el arte, pero bien sabían que su padre jamás podría enviar a ninguno de los dos a estudiar a la Academia.

Después de muchas noches de silenciosas conversaciones entre los dos, llegaron a un acuerdo. Lanzarían al aire una moneda. El perdedor trabajaría en las minas para pagar los estudios al que ganara. Al terminar sus estudios, el ganador pagaría entonces los estudios al que quedara en casa, con las ventas de sus obras, o como fuera necesario. Lanzaron al aire la moneda un domingo al salir de la Iglesia.

Albrecht Durer ganó y se fue a estudiar a Nüremberg. Albert comenzó entonces el peligroso trabajo en las minas, donde permaneció durante los siguientes cuatro años para sufragar los estudios de su hermano, que desde el primer momento fue toda una sensación en la Academia.

Los grabados de Albretch, sus tallados y sus óleos llegaron a ser mucho mejores que los de muchos de sus profesores y para el momento de su graduación, ya había comenzado a ganar considerables sumas con las ventas de su arte.

Cuando el joven artista regresó a su aldea, la familia Durer se reunió para una cena festiva en su honor. Al finalizar la memorable velada, Albrecht se puso de pie en su lugar de honor en la mesa, y propuso un brindis por su hermano querido, que tanto se había sacrificado para hacer sus estudios una realidad.

Sus palabras finales fueron: Y ahora, Albert hermano mío, es tu turno. Ahora puedes ir tú a Nüremberg a perseguir tus sueños, que yo me haré cargo de ti.

Todos los ojos se volvieron llenos de expectativa hacia el rincón de la mesa que ocupaba Albert, quien tenía el rostro empapado en lágrimas, y movía de lado a lado la cabeza mientras murmuraba una y otra vez: No, no, no...  Finalmente, Albert se puso de pie y secó sus lágrimas. Miró por un momento a cada uno de aquellos seres queridos y se dirigió luego a su hermano, y poniendo su mano en la mejilla de aquel le dijo suavemente:
No, hermano, no puedo ir a Nuremberg, ya es muy tarde para mí. Mira lo que cuatro años de trabajo en las minas han hecho a mis manos. Cada hueso de mis manos se ha roto al menos una vez, y últimamente la artritis en mi mano derecha ha avanzado tanto que hasta me costó trabajo levantar la copa durante tu brindis, sería imposible trabajar con delicadas líneas el compás o el pergamino y no podría manejar la pluma ni el pincel. No hermano, para mí ya es tarde.

Más de 450 años han pasado desde ese día. Hoy en día los grabados, óleos, acuarelas, tallas y demás obras de Albretch Durer pueden ser vistos en museos alrededor de todo el mundo. Pero seguramente usted, como la mayoría de las personas, sólo recuerde uno. Es más, seguramente hasta tenga uno en su oficina o en su casa. Porque un día, para rendir homenaje al sacrificio de su hermano Albert, Albrecht Durer dibujó las manos maltratadas de su hermano, con las palmas unidas y los dedos apuntando al cielo. Llamó a esta poderosa obra simplemente “manos", pero el mundo entero abrió de inmediato su corazón y le cambió el nombre a la obra por el de "Manos que oran".

“La próxima vez que veas una copia de esta creación, mírala bien. Que sirva para recordar, que nunca nadie triunfa solo, Dios va ayudarte a cumplir tus sueños a través de un amigo, familiar, o quizás de alguien que ni siquiera conoces”

 


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AMAR ES DARLO TODO-BELLA REFLEXIÓN DE GRATITUD


El dueño de un negocio, miraba hacia la calle, cuando vio a una niña con sus ojos color del cielo fijo sobre algo que había en el escaparate.

De pronto la niña entró en la tienda y pidió que le enseñara un collar de finas piedras color turquesa. Lo estuvo mirando y finalmente se decidió y le dijo al vendedor: Quiero comprarlo para regalárselo a mi hermana. ¿Puede prepararlo como un regalo muy especial?", dijo la niña.

El dueño desconfiado, le preguntó: ¿Tienes suficiente dinero? Sin dudar, ella sacó del bolsillo un pequeño monedero, lo vació sobre el mostrador y dijo con una sonrisa de satisfacción: Supongo que será bastante. Eran apenas unas cuantas monedas, pero ella las exhibía orgullosa.

Sin darle tiempo al hombre a decir nada, le explicó: ¿Sabe?, quiero dar este regalo a mi hermana, porque desde que murió nuestra madre, ella cuida de nosotros. Mañana es su cumpleaños y quiero que sea muy feliz con este collar que es del color de sus ojos.

El hombre, sin decir nada, colocó el collar en un precioso estuche y lo envolvió con un fino papel rojo. Se lo entregó a la niña y ésta salió feliz, corriendo y saltando de alegría por la calle.

Solo habían pasado unas pocas horas, cuando una joven de cabellos rubios y unos maravillosos ojos azules entró en el negocio. Colocó sobre el mostrador el estuche con el collar y muy enfadada, pregunto: ¿Este collar lo han comprado aquí? ¿Cuánto costó?

El dueño reconoció que él había vendido el collar, pero añadió: El precio de cualquier producto de mi negocio es siempre un asunto confidencial entre mi cliente y yo. Pero mi hermana tenía solamente algunas monedas, dijo la joven. Si el collar es verdadero, no lo entiendo, porque ella no tenía suficiente dinero para pagarlo.

El hombre tomó el estuche, rehizo el envoltorio y colocó nuevamente la cinta que lo decoraba, se lo entregó a la joven y le dijo: Ella pagó el precio más alto que cualquier persona puede pagar: DIO TODO LO QUE TENÍA

El silencio llenó la pequeña tienda y entre lágrimas y muy emocionada tomó el regalo y salió en silencio.

“La gratitud de quien ama no pone límites para los gestos de ternura”

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LAS RIQUEZAS DE ZAPATERO - Reflexión de Adviento



La historia cuenta que había un zapatero que no podía cubrir sus mínimas necesidades con lo que ganaba en su trabajo.

Un día llego Jesús y le pidió que le arreglara sus sandalias, que estaban muy deterioradas. Jesús le dijo: te puedo dar lo que quieras si me las arreglas. El zapatero lo miró con desconfianza y le dijo: ¿Me puedes dar tu el millón de dólares que necesito para ser feliz?

Entonces Jesús le dijo: Te puedo dar 100 millones de dólares, pero a cambio tendrías que darme tus piernas.

El zapatero respondió: ¿De qué me sirven 100 millones si no tengo piernas?

Pero Jesús insistió: Te puedo dar 500 millones de dólares, si me das tus brazos.

¿Pero Señor qué puedo hacer con 500 millones y sin brazos?, ni siquiera podría comer solo.

El Señor le habló de nuevo y dijo: Te puedo dar 1.000 millones si me das tus ojos.

El zapatero, contestó: ¿Qué puedo hacer yo con tanto dinero si no podría ver a mis hijos, a mi esposa y las cosas bellas de este mundo?

Jesús con una dulce sonrisa le dijo: Tú dices que eres pobre, pero te he ofrecido ya 1.600 millones de dólares y los has rechazado. ¿No te das cuenta lo rico que eres?, que no cambiarías por todo el dinero del mundo las partes de tu cuerpo.

Es importante dejar de ver las riquezas que nos rodean y que no podemos obtener, y agradecer profundamente a Dios por nuestra salud y, sobre todo, por nuestra vida, que son las joyas más valiosas que podemos poseer.

“Él nos da esas riquezas que sólo podemos disfrutar si aceptamos que Él viva en nuestro corazón”

 
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CON DIOS AL VOLANTE ESTAREMOS EN CONTROL

 
   Todavía recuerdo lo segura de mi misma que me sentía. Realmente me sentía orgullosa de mi capacidad para conducir mi automóvil de la misma manera que conducía mi  propia vida.

Yo decidía mi destino y el camino que debía tomar para alcanzarlo.

Me encantaban esas horas solitarias por la carretera observando cómo el sol se ponía sobre el horizonte. Disfrutaba al sentir cómo se adherían las ruedas al asfalto. Era fascinante poder ir adonde se me antojara en cualquier momento.

Me sentía dueña de mi vida y capaz de disfrutarla plenamente, por eso siempre procuraba pasarlo lo mejor posible.

Claro que también había épocas difíciles, tramos de camino solitarios y oscuros en los que la noche parecía devorarme. En ocasiones tuve que pisar el lodo para localizar una avería o tapar una fuga de aceite, y otras veces tuve que cambiar un neumático bajo un sol abrasador o una lluvia torrencial.

Pasé por momentos de confusión y contrariedad en los que tuve que retroceder al darme cuenta de que había tomado un camino sin salida.

Estar sola no siempre era coser y cantar, pero siempre me las arreglaba para no hacer caso de esos incidentes desafortunados y volver a salir en busca de aventuras.

Hasta que un día te encontré en el camino. Hacías dedo y te subiste a mi auto. Te pregunté a dónde ibas, y respondiste: «A donde vayas tú».

Al poco rato entablamos una entrañable amistad. Siempre estabas presente para mirar el mapa e indicarme la ruta cuando me había perdido. No sé cómo, pero te conocías todos los caminos. También estabas presente en la oscuridad, en los largos viajes nocturnos, para darme la mano cuando tenía miedo y me sentía sola. No sé por qué, pero tu presencia siempre irradiaba luz en la oscuridad.

Cuando después de que mi búsqueda de aventuras me hubiera llevado a caer en una zanja, intentaba volver al camino, ahí estabas tú animándome y empujándome.

No me explico cómo, pero entendías mi desaliento y, aunque me habías advertido, nunca te oí decir: «Te lo dije».

Cuando neciamente discutí contigo diciéndote que te alejaras de mi vida, tú me abrazaste y perdonaste. No me lo explico, pero seguiste amándome y creyendo en mí, a pesar de que yo me empeñaba en seguir conduciendo sin hacerte caso. Me acuerdo cuando te dije: «Al fin y al cabo es mi auto». Yo agradecía tus consejos e instrucciones, pero la decisión final siempre será mía. «Al fin y al cabo es mi vida», pensaba.

Y así fueron pasando muchos y muchos kilómetros y yo todavía insistía en conducir y no hacía caso de tus ofrecimientos para que te dejara conducir a ti, y descansara, hasta el día en que destrocé el auto.

Humillada y quebrantada, con el automóvil de mis sueños destrozado, por fin te entregué las llaves. Con una sonrisa de alivio, empezaste a hacer las reparaciones. En poco tiempo continuamos el viaje; ahora eras tú el conductor y yo la pasajera. Renunciar a llevar el timón había sido mucho más difícil de lo que esperaba.

«¡Oye!», gritaba tratando de agarrar el volante. ¿Qué haces? ¡Yo creía que habíamos acordado ir en aquella dirección!» De inmediato, frenabas y con paciencia esperabas a que dejara de luchar por recuperar la dirección, y luego te volvías hacia mí y me decías con la ternura de un padre que explica algo a su hija: «Ten fe en mi, yo sé lo que hago». A regañadientes, cedía y me quedaba irritada hasta que doblábamos el siguiente recodo. De repente quedaba muy claro que sabías muy bien a dónde me llevabas, y empecé a respetarte por tu sagacidad y previsión.

Pero no tardaba en olvidar esa enseñanza y al poco tiempo lo intentaba de nuevo. Pasábamos ante un sitio que me parecía divertido y me quejaba: ¿Por qué no paraste? Tú sonreías con complicidad y decías: «Confía en mí. Más adelante te ofreceré algo mucho mejor». Y en efecto, siempre había algo mucho mejor, algo que jamás había pensado que fuera posible.

Al cabo de un tiempo me acostumbré a que condujeras tú. Aprendí a quedarme quieta y a morderme la lengua cuando tus caminos eran contrarios a los míos, y me obligaba a esperar con paciencia hasta que tras la próxima curva se revelara la sorpresa oculta tras tu misteriosa sonrisa.

Curiosamente las equivocaciones de la carretera se volvieron cosa del pasado, al igual que mi búsqueda frenética de aventura, felicidad y emoción. Contigo al volante, siempre lo pasaba muy bien.

Eso no quiere decir que no hubiera momentos de desaliento, como cuando me llevabas por caminos desiertos y polvorientos y estábamos solos los dos durante kilómetros. Pero esos caminos solitarios también me mostraban los paisajes más impresionantes y majestuosos de toda mi vida. Fue recorriéndolos que descubrí los panoramas llenos de belleza oculta y misteriosa que me habías reservado. 


También hubo ocasiones en que elegiste caminos que conducían a lugares que siempre me inspiraron pavor: valles y cañones sombríos adonde no llegaba el sol. No sé si te dabas cuenta, pero interiormente me quejaba y me revelaba ante tu decisión, hasta que acababa diciendo: « ¿Por qué vamos por aquí?». ¡Como me molestaba que me respondieras con una pregunta y tú lo hacías constantemente!: ¿Alguna vez te he fallado?», me decías, tranquila, confía en mí. Y lo mejor es que cuando obligaba a mi alma a estar tranquila y confiar, encontraba fuerzas y un valor que ni sabía que tenía.

Desde el día en que tomaste el volante he subido a alturas inimaginables, he visto valles de belleza sin igual, he experimentado la emoción de la aventura, una felicidad increíble y un amor sin medida.

“Tenías toda la razón del mundo. Jamás me arrepentiré de haber pasado la vida contigo al volante. Gracias Señor Jesús”
 


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Práctiquemos la Sabiduria con Diplomacia

 
Un emperador chino, fue avisado quPráctiquemos la Sabiduria con Diplomacia e en una de las provincias de su imperio había una insurrección, dijo a los ministros de su gobierno y a los jefes militares: «Vamos, síganme. Pronto destruiré a mis enemigos»

Cuando el emperador y sus tropas llegaron a donde estaban los rebeldes, el soberano trató muy amablemente a éstos, quienes, por gratitud, se sometieron a él nuevamente.

Todos los que formaban el séquito del emperador pensaron que él ordenaría la inmediata ejecución de aquellos que se había sublevado contra él; pero se sorprendieron en gran manera al ver que este trataba con mucho cariño a quienes se habían sublevado.

Entonces, el primer ministro preguntó con enojo al emperador: “¿De esta manera cumple vuestra Excelencia su promesa? Usted dijo, que veníamos a destruir a sus enemigos y sin embargo, los ha perdonado a todos, y a muchos hasta con cariño los ha tratado”.

Entonces el emperador, con actitud noble, dijo: «Les prometí destruir a mis enemigos; y todos ustedes ven que ya nadie es mi enemigo ahora todos ellos son nuevamente mis amigos»

Ante un caso así, nuestra actitud es aplicar la ley del ojo por ojo… la venganza es lo primero que nos viene a la mente para desquitarnos de aquellos que nos hicieron daño y pagamos el mal, con mal. A quien nos levanta la voz le gritamos… si nos ofendieron buscamos deshonrarlo… Pero algunos van mucho más allá y ven a esa persona como un enemigo, que hay que destruir de cualquier forma.

La mayor parte de la gente está llena de odio… crispación… rechazo… envidia… desprecio… indiferencia…
Imagínate si los gobernantes de Israel y Palestina o de Rusia y Ucrania, en lugar de generar tantas muertes innecesarias, actuaran como el Emperador con sabiduría y diplomacia.

«El amor… la mansedumbre… y el respeto, puede lograr muchos más resultados que todo el armamento del mundo»


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DILO AHORA...MAÑANA PUEDE SER TARDE

 
La historia cuenta que un chico llamado Hugo nació enfermo, con sus capacidades mentales disminuidas. Con 17 años, poco podía hacer por si solo y vivía bajo el cuidado de su madre.

Cierto día sintió la necesidad de salir a pasear solo, al pasar por un negocio de música, notó la presencia de una chica y quedó impactado por su belleza, sin mirar otra cosa que no fuera a ella, abrió la puerta y entró.



Ella lo miró y le dijo sonriente: "¿Te puedo ayudar en algo?" Hugo se quedó sin palabras, atónito ante tanta belleza. Y sólo sentía amor hacia ella. Sin saber qué decir, preguntó los precios de los CD y compró uno al azar.


La chica le sonrió mientras le envolvía el CD. Hugo lo tomó y salió corriendo. Desde ese momento, ni un solo día dejó de visitar el negocio y, con la excusa de comprar un CD. lo que quería era ver a esa chica por la que sentía un profundo amor.

Ella siempre se los envolvía sonriente y él se los llevaba a su casa y los guardaba en su habitación. Su deseo era invitarla a salir pero lo traicionaba su timidez y aunque cada día lo intentaba no pudo hacerlo.


Su mamá se enteró de lo que ocurría e intentó animarlo, así que al siguiente día, Hugo se armó de coraje y se dirigió a ella. Como todos los días compro otra vez un CD y, como siempre, ella se lo envolvió.


El tomó el CD y mientras ella estaba ocupada, dejó su número de teléfono rápidamente anotado en el mostrador y salió corriendo de la tienda. Pasaron varios días y Hugo no volvió, por lo que la chica llamó al teléfono que le había dejado. Su mamá contestó. Cuando ella preguntó por Hugo, la madre llorando desconsolada, le dijo que su hijo había muerto.

Más tarde; la mamá entró al cuarto de su hijo donde comenzó a ordenar sus cosas, para su sorpresa vio que había cantidades de CD envueltos, ninguno estaba abierto. Le causó curiosidad verlos de esa manera y comenzó a revisarlos. Al abrir el primero noto que junto al CD, había un pequeño papel que decía: "Hola, eres muy guapo, ¿quieres salir conmigo?" Sofía

Con gran emoción, la madre abrió los demás y siempre encontró la misma nota con las mismas palabras.


“No esperes demasiado para decirle a ese alguien especial lo que sientes en tu corazón. Hoy tienes la oportunidad de pedirle a Jesús que sea el Señor de tu vida, que perdone tus pecados y que venga a morar dentro de ti. Díselo hoy. Mañana puede ser muy tarde”


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LA LLEGADA DEL SEÑOR


 
El ruido y el bullicio empezaron más temprano de lo habitual en el pueblo. A medida que la noche daba paso al alba, el gentío empezaba a volcarse en las calles. Los vendedores ambulantes se colocaban en las aceras de las avenidas más transitadas. Los tenderos abrían las puertas de sus establecimientos. Los niños eran despertados por los nerviosos ladridos de los perros callejeros y las quejas de los burros que tiraban de los carros.
El dueño de la posada había despertado más temprano que la mayoría de los habitantes del pueblo. Al fin y al cabo, todas las camas estaban ocupadas y también todos los colchones y mantas. En poco tiempo, todos los huéspedes estarían despiertos y habría mucho que hacer.

La imaginación se aviva al pensar en la conversación del mesonero y su familia mientras desayunaban. ¿Mencionarían la llegada de una joven pareja la noche anterior? ¿Preguntarían si se encontraban bien? ¿Comentarían que la joven que montaba el burro estaba embarazada? Quizá alguien sacara el tema a colación. Pero, en el mejor de los casos, si alguien lo dijo, no fue tema de conversación. No tenía nada de novedoso. Quién sabe si sería una más de varias familias a las que se dio aquella noche con la puerta en las narices.

Además, ¿quién tenía tiempo para conversar en medio de tanta conmoción? Augusto había hecho un favor a la economía de Belén al decretar el empadronamiento. No se recordaba tanta actividad comercial en el pueblo.

No. Es poco probable que se comentara la llegada de la pareja o se preguntara cómo estaría la joven. Todos estaban demasiado ocupados. Había que hacer el pan y ocuparse de otros quehaceres de la mañana. Estaban tan ocupados que nadie podía imaginar que había ocurrido el mayor evento del mundo.

Dios había venido al mundo hecho hombre.

Sin embargo, si alguien se hubiera asomado a aquel establo de las afueras de Belén esa mañana, habría contemplado una escena bastante peculiar. El olor nauseabundo como de todo establo. Cuelgan telarañas del techo y un ratón pasa corriendo por el piso. El suelo es duro y la paja escasa. No podía haber un lugar más humillante.

Unos pastores están sentados silenciosamente en el suelo; se ven respetuosos y asombrados. Una luz cae del cielo al lugar y una sinfonía de ángeles había interrumpido la vigilia aquella noche. Dios se dirigió a unos sencillos pastores.

Cerca de la joven madre está el padre, cansado. Si alguien está quedándose dormido, es él. No recuerda cuándo fue la última vez que se sentó. Y ahora que la conmoción ha amainado un poco María y el Niño están cómodos, se apoya contra el muro del establo y siente que se le cierran los párpados. No termina de entender. El misterio de lo ocurrido aún le da vueltas en la cabeza. Pero no tiene las fuerzas para batallar con preguntas. Lo que importa es que el Niño está bien y María a salvo. Mientras se queda dormido, recuerda el nombre que el ángel le dijo que pusiera a la criatura: Jesús. «Lo llamaremos Jesús.»

María está muy despierta. ¡Qué aspecto tan joven tiene! Descansa la cabeza sobre el suave cuero de la silla de montar de José. El dolor ha quedado eclipsado por el asombro. Contempla el rostro del Niño. Su hijo. Su Señor. Su majestad. 
En este momento de la historia, no hay entre los humanos quien comprenda mejor quién es Dios y lo que Él hace: que una joven que se encuentra en un establo maloliente no pueda apartar los ojos de Él. María sabe, aunque no lo entienda muy bien, que tiene a Dios en sus brazos. Este es. Recuerda las palabras del ángel: «Su Reino no tendrá fin»
No se parece nada a un rey. Tiene el rostro rojizo. Su llanto, aunque fuerte y sano, es el llanto agudo de un recién nacido indefenso. Y depende en todo de María.

Su majestad, en un ambiente prosaico a más no poder. El más santo, en medio del excremento y el sudor. Dios llega al mundo en el suelo de un establo, a través del vientre de una joven y en presencia de un carpintero.

Pone la mano en la cara del Niño Dios. ¡Qué largo fue Tu viaje!

Aquel Niño había contemplado el universo. Los trapos que lo mantienen abrigado fueron los mantos de la eternidad. Cambió Su trono por un sucio redil. Y los ángeles que lo adoraban han sido reemplazados por pastores desconcertados.

Mientras tanto, la ciudad bulle de actividad. Los mercaderes no son conscientes de que Dios visita su planeta. El mesonero jamás creería que acababa de enviar a Dios a pasar frío. Y la gente se burlaría de quien afirmara que el Mesías estaba en brazos de una chiquilla a las afueras de su pueblo. Todos estaban demasiado ocupados para tener en cuenta esa posibilidad.

Los que se perdieron la llegada de Su majestad aquella noche no se la perdieron por maldad ni malicia. Se la perdieron simplemente porque no estaban atentos.

Poco ha cambiado en los últimos dos mil años, ¿verdad?

¿Es cierto? ¿Será verdad algo tan extraordinario, que un Niño muy singular fuese a nacer en un establo?

“El Dios de amor, el más grande se hizo Niño por salvarnos”
 

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