Yo soy yo, Tú eres Tú


Yo soy yo, Tú eres Tú.
 
Tú haces lo Tuyo, Yo hago lo Mío.
 
Yo no vine a este mundo para vivir
 
De acuerdo a tus expectativas,

Tú no viniste a este mundo para vivir
 
De acuerdo con mis expectativas.
 
Yo hago mi vida, Tú haces la tuya.

Si coincidimos, será maravilloso
 
Si no, no hay nada que hacer.


Fritz S. Perls


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La regla de Oro para vivir a Plenitud


Si somos tan despreciables, por egoístas, que no podemos irradiar algo de felicidad y rendir un elogio honrado, sin tratar de obtener algo a cambio; si nuestras almas son de tal pequeñez, iremos al fracaso, a un fracaso merecido…

Hay una ley de suma importancia en la vida y conducta de la humanidad. Si obedecemos esa ley, casi nunca nos veremos en aprietos. Si la obedecemos, obtendremos constante felicidad e innumerables amigos. Pero en cuanto quebrantemos la ley, esa ley, nos veremos en interminables dificultades.

La ley es ésta: “Trate siempre que la otra persona se sienta importante”. El profesor John Dewey ha enseñado que el deseo de ser importante es el impulso más profundo que anima el carácter humano; el profesor William James: “El principio más profundo en el carácter humano es el anhelo de ser apreciado”. Como ya lo he enseñado, ese impulso es el que nos diferencia de los animales. Es el impulso que ha dado origen a la civilización misma. Los filósofos vienen haciendo conjeturas acerca de las reglas de las relaciones humanas desde hace miles de años, y de todas esas conjeturas ha surgido sólamente un precepto importante. No es nuevo. Es tan viejo como la Historia.

Zoroastro lo enseñó a sus discípulos en el culto del fuego, en Persia, hace tres mil años. Confucio lo predicó en China hace veinticuatro siglos. Laotsé, el fundador del taoísmo, lo inculcó a sus discípulos en el valle de Han. Buda lo predicó en las orillas del Ganges quinientos años antes de Cristo. Los libros sagrados del hinduísmo, miles años atrás de esto ya lo enunciaban. Jesús lo enseñó entre las pétreas montañas de Judea hace diecinueve siglos, y lo resumió posiblemente en el precepto quizá más importante del mundo:
“Haz al prójimo lo que quieres que el prójimo te haga a ti”.

Usted quiere la aprobación de todos aquellos con quienes entra en contacto. Quiere que se reconozcan sus méritos. Quiere tener la sensación de su importancia en su pequeño mundo. No quiere escuchar adulaciones baratas, sin sinceridad, pero anhela una sincera apreciación. Quiere que sus amigos y allegados sean “calurosos en su aprobación y abundantes en su elogio”. Todos nosotros lo deseamos. Obedezcamos, pues, la Regla de Oro, y demos a los otros lo que queramos que ellos nos den: ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde?

La respuesta es: Siempre, en todas partes…


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Solo Sacos de Tierra

El niño vivía con su padre en un valle en la base de un gran dique. Todos los días el padre iba a trabajar a la montaña detrás de su casa y retornaba a casa con una carretilla llena de tierra. «Pon la tierra en los sacos, hijo», decía el padre. «Y amontónalos frente a la casa».

Si bien el niño obedecía, también se quejaba. Estaba cansado de la tierra. Estaba cansado de las bolsas. ¿Por qué su padre no le daba lo que otros padres dan a sus hijos? Ellos tenían juguetes y juegos; él tenía tierra. Cuando veía lo que los otros tenían, enloquecía. 

«Esto no es justo», se decía. Y cuando veía a su padre, le reclamaba: «Ellos tienen diversión. Yo tengo tierra».

El padre sonreía y con sus brazos sobre los hombros del niño le decía: «Confía en mí, hijo. Estoy haciendo lo que más conviene».

Pero para el niño era duro confiar. Cada día el padre traía la carga. Cada día el niño llenaba las bolsas. «Amontónalas lo más alto que puedas», le decía el padre mientras iba por más. Y luego el niño llenaba las bolsas y las apilaba. Tan alto que no ya no podía mirar por encima de ellas.

«Trabaja duro, hijo», le dijo el padre un día, «el tiempo se nos acaba». Mientras hablaba, el padre miró al cielo oscurecido. El niño comenzó a mirar fijamente las nubes y se volvió para preguntarle al padre lo que significaban, pero al hacerlo sonó un trueno y el cielo se abrió. 

La lluvia cayó tan fuerte que escasamente podía ver a su padre a través del agua. «¡Sigue amontonando, hijo!» Y mientras lo hacía, el niño escuchó un fuerte estruendo.
El agua del río irrumpió a través del dique hacia la pequeña villa. En un momento la corriente barrió con todo en su camino, pero el dique de tierra dio al niño y al padre el tiempo que necesitaban. «Apúrate, hijo. Sígueme».

Corrieron hacia la montaña detrás de su casa y entraron a un túnel. En cuestión de momentos salieron al otro lado, huyeron a lo alto de la colina y llegaron a una nueva casita.
«Aquí estaremos a salvo», dijo el padre al niño.

Sólo entonces el hijo comprendió lo que el padre había hecho. Había provisto una salida. Antes que darle lo que deseaba, le dio lo que necesitaba. Le dio un pasaje seguro y un lugar seguro.


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