Si hoy Dios me llamara...



Podría ocurrir hoy mismo. Tengo el corazón en muchas cosas, un deseo grande de hacer esto o lo otro, muchos planes para este día. Pero quizá este sea mi último día, el día que me aleja de este mundo. Los planes, los deseos, los proyectos, quedarían, para siempre, arrinconados.

Si hoy Dios me llamara... Muchos no sabemos ni cómo ni cuándo llegará ese día, pero sabemos que la muerte es posible para todos, sanos o enfermos, jóvenes o ancianos, ricos o pobres, malos o buenos.

Si hoy Dios me llamara, ¿qué haría, en qué pensaría, de qué me arrepentiría, que suplicaría?

Buscaría aprovechar las últimas horas, los últimos minutos, en pedir perdón. Perdón a Dios, a quien tantas veces he fallado, a quien tantas veces he olvidado, ha quien tantas veces he negado. Perdón a Dios que no dejó de amarme, de buscarme, de curarme, de esperarme.

Luego, pediría perdón a tantas personas a las que no supe amar, ni ayudar, ni comprender, ni escuchar. A quienes esperaron de mí un poco de consuelo. A quienes buscaron en mí un poco de alegría. A quienes llamaron a mi puerta para pedir el pan que aliviase su miseria. A quienes suplicaron que les atendiera, que les escuchara, que les ofreciera algo de mi tiempo para hacer llevadera la cruz pesada que llevaban en sus vidas.

Luego, intentaría dar las gracias a una multitud de corazones buenos que me tendieron su mano, que me ofrecieron una palabra de aliento, que me aconsejaron y me apartaron del mal camino, que me soportaron en mis peores momentos, que me levantaron tras la caída, que me curaron en mis fiebres y mis heridas.

Luego, quedaría la hora de volver la mirada a Dios. Por Él nací, por Él descubrí la Redención, por Él fue marcado en el bautismo, por Él pude recibir mil veces el Sacramento de la misericordia, por Él estuve al lado de Cristo Eucaristía.

La muerte será el momento del encuentro definitivo con un Dios que nos ha revelado su amor de Padre, para siempre, sin misterios. Un Dios que es Padre y que es Justicia: pesará mi corazón y verá si está ya maduro para llorar el propio pecado y suplicar humildemente su misericordia.

No sé si estoy listo para ese momento, con ese leve equipaje para el viaje. Ese equipaje que consiste en la docilidad, la apertura, la sencillez de corazón, la humildad para volver a pedir perdón, la esperanza ante la llegada del Esposo. Sé sólo que llegará ese día, y podría ser hoy, en unos minutos, en unas horas.

Si hoy Dios me llamara, le pediría que la Sangre de su Hijo me lavase de tanta mancha y me permitiera, al menos en estos últimos instantes, tener un corazón arrepentido y dispuesto a acoger, como barro dócil, su abrazo eterno y lleno de cariño.

MICRO-REFLEXIÓN:

"Nunca busques ser el mejor en el mundo, es lugar ya está ocupado; busca ser cada día mejor"


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