Casualidad, causalidad y otros particulares del destino que no Llega


Hablando hace nada con una amiga tomando un delicioso té con canela -me estaba regalando un dulce de leche sublime sumida en absoluto pecado mortal con mi dieta antiazúcar- y una charla animada sobre un anecdótico encuentro fortuito que tuvimos derivó en una serie de hipotéticas y risibles variaciones del encuentro bajo los más diversos y salvajes cambios de los condicionantes y contexto....

Nos dio un poco la risa jugando al "Imagínate, y si...". Ocurrió y es lo que quería comentaros, que mi amiga comenzó a inquirirse sobre la naturaleza de las cosas, de sus porqués, de la secuencia de causa y efecto, de nuestro poder para averiguar las cosas en el momento justo, a desgarrarse la razón planteándose qué parte del universo es pura consecuencia científica, pura genética y ambiente natural y qué parte es energética o cuántica, o si en realidad había algo inmanente que nos movía hacia un destino, fin predestinado inscrito en nuestro pecho, en la más profunda ánima. 

Y eso una preciosa tarde de verano tomando un té -el suyo era únicamente de gengibre, doy fé- en una terracita típicamente barcelonesa, plácidamente aséptica y lánguida. Mi amiga, inconscientemente se castigaba por cosas no hechas, no dichas, en una anterior relación de la que cree que dejó pasar el amor sin cogerlo, tras haberse dicho una y mil veces para calmar su ansiedad que era el destino el que la había hecho una desgraciada de novela gótica pasada de rosca y que al cabo le depararía algo mejor.

Y es que el problema no es ese, no es explicar lo inexplicable, la cuestión no es saber qué reglas del juego rigen la existencia humana, si son caprichosos dioses del Olimpo o la Razón Pura en estado latente disociado o los Hombres de Negro. El problema es lo contrario, que nos perdamos dando sentido a algo que no tiene que ser entendido sino vivido. Es sólo cuando se vive que se tiene sentido de lo que es la vida, de las emociones que nos mueven, de las energías que provocamos y que nos rodean, del amor esencial que los seres humanos sienten entre ellos por puro instinto vital, por energía pura...sea mística o cuántica.

Lo que le ocurre a mi amiga -aquel día tuve que avisarla de nuevo- es que cae en la racionalización del dolor, de una pérdida que nunca admitió, de una pasión que en su momento no supo manejar y que dejó ir. Su corazón lo sabía pero ella no se dio cuenta hasta que fue demasiado tarde, y ahora vuelve a hacer lo mismo: a jugar con la cabeza el partido del corazón, del alma.

La conozco y lo superará. Al final llorará su pérdida, pasará por ella y la admitirá. Se perdonará a si misma y seguirá viviendo, de nuevo abierta a otras relaciones sin sentirse inconscientemente confusa e indigna. Lo que quiero decir es que hay que admitir cómo son las cosas sin aspirar a entenderlas del todo, sin indignarnos por no tener una nota al pie de la página que nos de la respuesta de lo que ha ocurrido. Ni todo es destino ni todo es causa y efecto; es todo eso y más, es saber leer los momentos con el corazón, oyéndose a una misma, aunque no nos guste lo que oímos, sintiendo la vida que nos envuelve. No hay más manual que ese. 

Los veranos son demasiado bonitos para castigarnos así, dándole vueltas a la cabeza, mirando al pasado con microscopio y paciencia de joyero. Ni hablar, no quiero oír nada más. Reflexionad, reconciliaos con vosotras mismas y desfilando a la playa o al piscina o donde sea...Y disfrutad del sol, de las tormentas, de la paz, del ruido; disfrutad de todo.

Tomado de Cosmopolitan.

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